El año 2020 ha sido una larga secuencia de contrastes, tragedias y dificultades para México y para el mundo. Es inescapable e ineludible reconocer que este año es prácticamente perdido para muchas actividades económico-sociales a nivel global, y mientras que en otros Estados y regiones la vida ha regresado a cierta normalidad -con sus respectivas precauciones- y en constante tendencia a la reactivación y la recuperación comercial, nuestro país sigue sumido en un escenario que lamentablemente pudo ser contenido. Evitarlo era imposible, pero si se podría haber gestionado de manera más eficiente. La evidencia de esta afirmación es contundente, cuantiosa e innegable.

A falta de una política aeronáutica nacional

Pongo al lector una analogía de la situación que estamos viviendo. Si uno tiene un motor -cualquier motor- a toda marcha y desea detenerlo o bajar su actividad al mínimo tiene dos alternativas: una es poco a poco desacelerarla, y de manera programada reducir su intensidad; la otra es de golpe meter el “freno de mano” y pararla “en seco”. En la primera se protege a la máquina y sus componentes, y se puede eficientar los recursos con los que se cuentan para poderla reactivar de manera eficiente y progresiva con total seguridad. En la segunda se “truena” el motor, o sus partes; se genera fricción innecesaria, se desgastan los componentes y hay riesgo de dañar irreparablemente el motor. Reactivar el motor con la primera aproximación puede tomar tiempo, pero es segura; con la segunda es extremadamente difícil, ya que es altamente probable que haya daños estructurales serios, y que deban repararse piezas que inciden en costos y tiempos adicionales. En la primera aproximación se minimizan los riesgos, en la segunda muchas partes deben ser reemplazadas.

El primer escenario es análogo a lo que la comunidad internacional llevó a cabo durante el primer semestre del 2020 frente a la amenaza global del COVID-19: se debió suspender buena parte de las actividades económicas, comerciales y sociales; pero fue algo programado, relativamente paulatino, con providencias y medidas preventivas a mano, y con un plan claramente estructurado. México es análogo al segundo caso: el gobierno federal “paró de seco” todo. “Metió el freno de mano” cuando el motor estaba a toda marcha, sin previsiones, sin plan, sin estrategia. La cosa era parar todo “en seco”, porque alguien determinó así debía ser. Se optó por lo urgente y no por lo importante, y en vez de pensar que en algún momento el “motor” socioeconómico nacional debería reactivarse, siguiendo una percepción mal fundamentada y sustentada determinó que en el plazo inmediato todo debía detenerse.

La evidencia nacional es contundente, clara e innegable: esta estrategia “tronó” a México. La reactivación va a ser muy costosa, ya que muchas “piezas” deben sustituirse por que el daño que sostuvieron por esta errada estrategia fue insuperable. Esos componentes del motor nacional son las empresas del sector privado: muchas “tronaron” por como se hicieron las cosas, otras tantas fueron dañadas catastróficamente y están al borde del colapso, y otras son insalvables. Pocas son las empresas que no tuvieron afectación significativa, y todas tuvieron un decremento operacional sustancial. En consecuencia, ahora que urge reactivar la economía es muy complicado, caro y tomará demasiado tiempo.

Como hemos mencionado en ya repetidas ocasiones, uno de los motores más significativos de la economía nacional era el sector aeroespacial. Señalo adrede “era” por que en el entorno actual es cuestionable. Lo que era claro y evidente ya no lo es, y trágicamente esto se debe a que el sector fue abandonado íntegramente por la administración federal en turno. Más allá de discursos vacíos, los hechos hablan por cuenta propia: la aviación no es una prioridad esencial de esta administración, ni se contempla como un eje de proyección nacional.

Es irónico que siendo uno de los pocos sectores con alto valor agregado y prácticamente autosustentable sea uno de los más relegados por el Gobierno Federal. Ya lo vimos en el “Plan Sectorial”, donde la aeronáutica prácticamente no figura como tema de discusión. Y con el arribo del “nuevo” Secretario de Comunicaciones y Transportes, menos claridad se da al ambiente. Esperaríamos que para este momento ya hubiera un posicionamiento claro en torno a nuestro sector, pero no lo hay. El silencio en SCT es abismal, por que el foco de atención está en otro lado.

Es altamente probable que para el término de este año sigamos sin una Política Aeronáutica Nacional Integral, eje prioritario del sector desde los primeros días del sexenio. En caso se publicara el próximo año -improbable- ya sería demasiado tarde: la comunidad internacional reiteraría lo que ya es obvio, y es que a México “se le fue el avión”. Literalmente.

Es claro que la afectación global a la aviación llevará años en recuperarse plenamente. Sin embargo, otros países han tomado medidas ejemplares para reactivar y fortalecer su sector aeronáutico y aeroespacial, mayoritariamente al considerarlo un entorno prioritario para su economía y por tanto para su sociedad. México no sigue ese patrón, en razón que, si el ámbito aéreo está descuidado, el aeroespacial está prácticamente abandonado.

Actualmente, casi la totalidad de las actividades vinculadas al entorno aeroespacial en México se concentran a la manufactura de componentes para la exportación. Lo anterior debido mayoritariamente a presiones de nuestro vecino del norte, no a un verdadero interés del ejecutivo federal. Investigación y desarrollo son cosas casi para el registro arqueológico y relegadas a la memoria, ya que no sólo no hay estímulos para ello, sino que el Consejo Nacional para la Ciencia y la Tecnología (CONACYT) canceló prácticamente todos los apoyos a la investigación en este rubro (bueno, siendo honestos a todos los demás también).

Todo lo demás viene por consecuencia. La falta de una Política Aeronáutica Nacional Integral que contemple el entorno aeroespacial y de investigación y desarrollo es la piedra angular de este entuerto. Es el eje vital sobre el que debe desarrollarse toda la gestión nacional en la materia. Es el contexto interinstitucional para adquirir visión, para hacer prospectiva, para mirar al futuro y luchar por hacerlo realidad. Es la oportunidad para diseñar un mejor mañana, y sin fijarnos en los errores del ayer construir un mejor porvenir nacional.

Todos los países de las veinte economías más importantes del mundo siguen esta tendencia: mirada en alto, expectativas de altura, visión al porvenir, construcción del mañana. Esa es la ruta para el desarrollo, para el crecimiento, para salir de este bache llamado COVID-19, para librar esta tempestad, para dejar atrás la turbulencia. Es una receta clara, llena de promesas, y con la certeza de un mejor futuro. Mientras tanto, aquí estamos mirando al ayer; el Estado lucha por regresar a un pasado que ya no existe y que fue superado; se aferra del pretérito para no hacer frente al presente ni al futuro; mira a la tierra al ser incapaz de adentrarse a las alturas. Para pronto, mientras el mundo voltea a ver a los aviones y vehículos espaciales, aquí volteamos a ver a un tren. Ahí esta el problema. De reconocerlo depende la solución. Esperemos nuestras autoridades tomen altura, y si no, que, como sector y sociedad, nos dejen volar sin ataduras. De eso depende el mañana.

Fuente: A21